Monday, January 24, 2005

Don Quijote y la coronación de Bush

¿Se puede hablar de decadencia americana en 2005?
Probablemente, en el 2105 sí se podrá hablar de decadencia americana y quizás una novela emblemática sea el crisol y reflejo de ese ocaso que, naturalmente, no vemos nosotros por ninguna parte.
El ominipresente imperio tiene apocalípticos atacantes que hablan de su fin – y de todo el de occidente de paso -, por hoy por hoy no se les presta mucha atención.
El idioma inglés – pero, fundamentalmente americano -, la moneda norteamericana – el dólar que tiene a Dios en su redactado -, la cultura entendida en el sentido de lo que se lee, se ve y se escucha – donde los productos norteamericanos desbordan los pequeños porcentajes locales -, la presencia militar permanente o utilizada como amenaza constante...
En la corte de la metrópoli, un lider que se cree con el deber de intervenir en todos los asuntos mundiales y con la conciencia de ejercer una función que le ordena la divinidad.
Cambiando los términos, la situación del imperio español en 1605 era la misma para un europeo y, aun, más monstruosamente presente en ciertos campos como la reforma católica.
¿Hay decadencia?
Hay razones para pensarlo, sobre todo después de la derrota no declarada en Irak.
El desequilibrio entre la fuerza militar disuasoria y la capacidad de la red de comunicaciones está a punto de romper la baraja (es decir, la capacidad de alimentar esa fuerza militar que por razón de la lógica imperial termina siendo la de ‘uno contra todos’).
Es decir, a posteriori, los historiadores podrán unir las ideas arbitristas de Soros, el fundamentalismo islámico, el euro y una novela emblemática para decirnos que el imperio estaba en decadencia.
Pero, en 2005, si esta tarde vamos al cine, y vemos el aviador al que celebraremos oscarizado dentro de unos días, no creo que tengamos una exacta conciencia de que estamos contemplando un imperio en periodo de acoso y derribo.



Sunday, January 23, 2005

Las chicas lucero y la confianza tecnológica

Al corregir la memoria final de mis alumnos, tropecé en uno de los trabajos con un fenómeno particular y sorprendente. Al tratar de la relación de la imprenta y la reforma evangélica, el nombre de Lutero se había transformado en Lucero. Cada vez que aparecía el teólogo alemán, se había convertido en un astro.
Mi relación con los ‘luceros’ es escasa y me recuerda a una canción que oía en la infancia donde, por lo visto, los camaradas se iban allí a hacer guardia. También podía tratarse de un apelativo cariñoso de un burrito al estilo de Platero. Nada que ver con un serio clérigo germano.
Cuando encontré otro caso, mis sospechas sherlocholmianas comenzaron a funcionar y, terminé agrupando a las cuatro culpables de tan insólito asunto. Mi primera idea era considerar en una comunicación estrecha entre ellas que les había hecho copiar indiscriminadamente los textos gracias al copy/paste de la informática. Por un momento, las cuatro chicas lucero estaban suspensas.
Sin embargo, los enunciados no coincidían así que tuve que explorar otras hipótesis. Me introduje en el word – que tiene en castellano un corrector lingüístico lleno de fallos – y encontré que se trataba de una más de sus ocurrencias. Eliminaba ‘Lutero’ subrayándolo en rojo y daba como alternativa Lucero.
La confianza tecnológica de las estudiantes les había perdido. Y, por supuesto, no haber releído para corregir el texto de la memoria. Aceleración e inercia, rapidez y exceso de confianza, se unen para entregarnos en manos de las herramientas tecnológicas de la red de comunicaciones, que sólo son útiles si están controladas por el cerebro humano y no por la desidia – también humana, por cierto.

Friday, January 21, 2005

Tiempo de Medusas

Un lienzo oscuro, con una luz cenital, casi teatral. Unas personas desesperadas que se abrazan a unas tablas en medio de la tormenta. Algunos de los náufragos intentan otear la salvación que puede venir del horizonte; otros, se abandonan a la desesperación silenciosa. En el extremo derecho del extraño rombo dramático ideado por el artista, un muerto que se resiste a ser arrastrado por la corriente.
Se trata de ‘La balsa de la Medusa’ (le radeau de la Méduse), pintado en 1818.
Delante de ese cuadro de Géricault, que tanto influyó en el movimiento romántico y en Delacroix, he pasado largos ratos (Louvre) sin encontrar la solución exacta a la propuesta que el romanticismo plantearía y que este cuadro inauguraba.
Detrás estaba la incompetencia política que acentuó el drama. La fragata, enviada al Senegal en 1816, estaba mal dirigida. Aunque no aparezca, detrás del cuadro se encontraba el innoble conde de Chaumareix, capitán del barco que abandonó a la marinería mientras él y los oficiales ocupaban las barcas de salvamento. Ciento cincuenta personas desesperadas construyeron balsas improvisadas para escapar de aquel infierno, disputaron los sitios en la balsa, practicaron el canibalismo, navegaron a la deriva... Sólo sobrevivieron quince.
Mis dudas fueron y son enormes.
Géricault dispone una metáfora que puede tener una interpretación inmediata – la prensa airea el caso durante semanas en medio de descripciones morbosas de los supervivientes; una interpretación nacionalista – Francia derrotada y abandonada por sus líderes se entrega a la desesperación -; una interpretación social burguesa – la aristocracia ha tomado de nuevo el poder en Francia gracias al resto de Europa pero no cree en sí misma como clase dirigente y abandona el puente de mando del navío al primer contratiempo -; una interpretación moral – las fuerzas de la naturaleza y el azar nos llevan a soluciones individuales ante la catástrofe; una interpretación estética muy influida por las últimas reflexiones de Goya y con ecos de Caravaggio – sólo el tenebrismo puede reflejar el drama sin color de la pesadilla que representa la insolidaridad humana...
Es la misma meditación que provoca la patera a la deriva en el Atlántico y llena de personas exasperadas que lanzan un SOS a través de un móvil, avistada por un mercante ya con diez cadáveres a bordo, finalmente desaparecida. No ha provocado ningún gran escándalo mediático.
Es una noticia más – enero 2005 -.
El fantasma del malvado conde de Chaumareix no está tampoco en esta nueva pintura pero su sombra envuelve y deja sin color al cuadro.
Algo funciona mal en la gestión del poder – allí, las mafias existen en la ausencia de poder estatal o con la connivencia de éste -; aquí, donde controlan más o menos perfectamente los flujos comerciales excepto en una mercancía, la humana.

Thursday, January 20, 2005

La webcam del alma

He inaugurado una webcam. La he colocado enfrente de mí y he comprobado lo poco que me muevo cuando me encuentro cara a la pantalla.
Delante de la pantalla del ordenador, uno parece la fotografía de uno mismo.
Lo de alguien que me vigilaba, me recordó Gran Hermano (no el programa, el libro de Orwell).
Lo de la inmovilidad me asustó un poco.
Al rato, viéndome a mí mismo en una continuidad bastante tediosa, forjando muecas y mohines diversos para entretener al aparato, cansándome en suma del invento, decidí llamar a mi mamá para que me viera en red.
La cosa no fue tan fácil y mis sobrinos trasladaron a la presunta pero ágil anciana que se escapó dos veces de la habitación aburrida de los preparativos. Después, contempló un rato mis contorsiones a través del aparato – lo de la voz no funcionó – y afirmó que estaba bastante feo y envejecido.
Un éxito.
Me acordé de una alumna que, en un trabajo sobre su casa como lugar de comunicación – algunos más bien habían descrito el hogar paterno como lugar de incomunicación -, me dijo que su madre estaba convencida de que había una webcam en cada habitación de la casa observando la familia.
Por eso, tenía que estar todo impecable, impoluto e imposible finalmente. Su madre no dejaba de trabajar, de hacer brillar muebles y vajillas para esa mirada omnipresente.
La mejor webcam es la que se lleva en el alma.
He decidido apagar la webcam, por si acaso se cuela en el alma como los cristales del diablo en el cuento infantil.


Tuesday, January 18, 2005

Descentrar la red

Las redes son mallas ordenadas en un tejido armónico generalmente para capturar alimento – sea la red del pescador o la red de la araña.
En comunicación, las redes locales se superponen con otras redes. Estas no las ordenan sino que las descentran.
El domingo, el escritor Tahar ben Jelloun, en un artículo publicado en La Vanguardia, se preguntaba y nos preguntaba un inquietante: ¿después de Turquía, viene Marruecos o quizás el Magreb en general? Con un título de poema de Cavafis, ‘esperando a los bárbaros’, situaba el reto magrebí como una necesidad europea e inevitable para el Magreb.
El problema es que ese desafío no es tal visto desde Europa. Las relaciones bilaterales que el continente – y sobre todo Francia – mantiene con los tres países ribereños del Mediterráneo se mantiene en un perpeturo desequilibrio ante la inexistencia de un fuerte mercado interno y común magrebí.
Está dislocada la red con Europa porque no hay malla en el Magreb.
Sólo la unión – en la que Europa podría colaborar ampliamente en la creación de infraestructuras –llevaría a la constitución de un Magreb que potenciara sus riquezas humanas y materiales.
El problema es que la esperanza de una pretendida ampliación europea o de una relación personal privilegiada – la zanahoria que han alzado los sucesivos gobiernos franceses muchas veces consciente y alevosamente -, lleva a la catástrofe, la desorganización organizada en beneficio ajeno, la ausencia de planificación y el desmantelamiento de iniciativas y, finalmente, la emigración descontrolada de una población sin expectativas – o peor, con una expectativa puesta en el norte.
La descentralidad, el desventramiento, la orientación de comunicaciones y economías hacia un centro imaginario que parece un palto giratorio, es tan irreflexivo como la posibilidad de construir una muralla en el sur. Son dos alternativas con las que se juega alegremente al borde del abismo.


Sunday, January 16, 2005

La frontera de lo cutre

Es una reflexión lateral y quizás injusta con la película uruguaya Whisky (2003) de Pablo Stoll.
Las risas nerviosas en el cine ante las pequeñas mezquindades y las vulgaridades cotidianas de los protagonistas, me lo recordaron.
Lo cutre es una frontera que ese conjunto informe que se llama clase media establece como lugar de prohibiciones y represiones internas, en definitiva de invisible control del grupo. Las leyes de esta frontera no están escritas en ningún papel pero son inapelables.
No es exactamente el landismo – hoy tan bien representado por Torrente -, esa otra frontera con “lo hortera” que ese otro inmenso grupo de la clase media baja coloca como clara frontera – mediante el ridículo - con su propio pasado o con elementos y personas de su propio presente.
Sería hilar muy fino diferenciar lo ‘cutre’ y lo ‘hortera’. Dejémoslo en un enorme y variado conjunto de acciones, gestos y prácticas que no se deben realizar; un elenco que es criticado mediante el ridículo. El pánico está provocado por el temor a caer en el abismo de un grupo inferior o un pasado superado.
El film ‘Whisky’ participa de otras variables, aparte de ese opresivo estilo de cine de “escuela de cine” (la repetición es intencionada), participando de ese nuevo cine antiétnico que está dando productos magníficos después de la bobalicona sucesión de apologías de lo étnico -, ese cine que refleja en el cono sur las artimañas de Woody Allen y las descarga sobre la comunidad judía (sin poder ser atacado de antisemita, ¡qué maravilla!).
A mí lo que me interesa en este caso es la reflexión sobre lo cutre.
Una alumna me dijo un día en un trabajo sobre su casa como espacio de comunicación:
-. Mi madre piensa que hay una webcam en el techo de cada habitación observando lo que hacemos y si dejamos algo desarreglado.
Esta vigilancia, invisible porque es interna a la persona, es parte de la represión: puede ser una cama desarreglada o pasarse la manga por la boca después de comer, puede ser un chiste inoportuno o un gesto inadecuado. Es una frontera dinámica y móvil que inventa nuevas prohibiciones cada día – puede ser un color o un tipo de papel pintado, una comida o un lugar de vacaciones... -, y aplica reglas de conducta.
En los jóvenes este ir y venir es tan evidente como inconsciente para ellos. No depende de una estrategia de ascenso o mantenimiento como clase social, como es el caso de sus padres. Se convierte en la expresión de tribus solidarias.
Pero, la frontera de lo cutre persiste en ambos casos. Y el pánico a ser pillado en falta también. Es una exclusión fundamentalmente personal, cerebral.

Friday, January 14, 2005

Les luthiers y el himno nacional

En una de las representaciones del grupo musical argentino Les Luthiers – no me he perdido ninguna de las que han hecho en Barcelona -, la obra teatral que atravesaba el espectáculo describía una especie de sainete en que el partido gobernante intentaba cambiar el himno patrio por razones electorales.
En un momento determinado se plantea reemplazar la letra del himno referente a los malvados españoles – ahora hay que estar a bien con la ‘madre patria’ por razones económicas – y sustituirlo por algún otro país que se encontrara bien lejos y con el que se tuvieran pocos contactos.
No me acuerdo exactamente pero creo que al final se elige a los noruegos y el himno se carga de patriótica venganza contra este país por haber pisoteado el orgullo nacional.
Lo divertido es que al final del canto, el ‘boludo’ representante del partido gobernante exclama entusiasmado y llevado del espíritu inflamado por el ambiente y la música:
-. Es cierto. Yo siempre le había tenido una manía terrible a los noruegos.
La carcajada general que se produce entre el público revela una reflexión profunda del grupo argentino de consecuencias terribles.
Yo siempre he contado esta anécdota – y he estado buscando hoy inútilmente en Internet la letra completa de la canción – para explicar el terrible efecto de las encuestas de opinión.
Pongamos un caso:
Si preguntamos una cosa tan estúpida como ‘le tiene usted manía a los noruegos’ a los habitantes de la ciudad de Barcelona - obviemos lo inconsistente de la cuestión – es evidente que saldrá un resultado masivamente negativo.
Pero, por razones obvias y variables diversas, algún porcentaje saldrá positivo, es decir, un número aunque sea ínfimo afirmará que ‘le tiene manía a los noruegos’.
Resultado:
Al día siguiente, un periódico podrá escribir: “un 7 por ciento de los barceloneses ya le tienen manía a los noruegos”.
Y si repetimos la encuesta todos los años, crearemos una nueva realidad: el odio a los noruegos que, es seguro, aumentará en las sucesivas encuestas.
Podemos considerar entonces las encuestas que preguntan sobre un grupo social con el apartado
¿Cree usted que el grupo X es problemático?
¿Cree usted que el fenómeno X es un problema?
El resultado es de esperar.