Thursday, January 20, 2005

La webcam del alma

He inaugurado una webcam. La he colocado enfrente de mí y he comprobado lo poco que me muevo cuando me encuentro cara a la pantalla.
Delante de la pantalla del ordenador, uno parece la fotografía de uno mismo.
Lo de alguien que me vigilaba, me recordó Gran Hermano (no el programa, el libro de Orwell).
Lo de la inmovilidad me asustó un poco.
Al rato, viéndome a mí mismo en una continuidad bastante tediosa, forjando muecas y mohines diversos para entretener al aparato, cansándome en suma del invento, decidí llamar a mi mamá para que me viera en red.
La cosa no fue tan fácil y mis sobrinos trasladaron a la presunta pero ágil anciana que se escapó dos veces de la habitación aburrida de los preparativos. Después, contempló un rato mis contorsiones a través del aparato – lo de la voz no funcionó – y afirmó que estaba bastante feo y envejecido.
Un éxito.
Me acordé de una alumna que, en un trabajo sobre su casa como lugar de comunicación – algunos más bien habían descrito el hogar paterno como lugar de incomunicación -, me dijo que su madre estaba convencida de que había una webcam en cada habitación de la casa observando la familia.
Por eso, tenía que estar todo impecable, impoluto e imposible finalmente. Su madre no dejaba de trabajar, de hacer brillar muebles y vajillas para esa mirada omnipresente.
La mejor webcam es la que se lleva en el alma.
He decidido apagar la webcam, por si acaso se cuela en el alma como los cristales del diablo en el cuento infantil.


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