Sunday, January 09, 2005

A quién le vendemos la moto

Cuando comencé este estudio sobre los blogs, mi intención era simplemente realizar un artículo sobre el nuevo fenómeno mediático.
Se iba a llamar algo así como ‘De santa Teresa a San Arcadi Espada, la evolución de la memoria personal’.
Las notas de ese posible trabajo andan sueltas por toda la habitación y un día decidirán reunirse ellas solas.
La duda fundamental – esa pregunta que da sentido a una investigación científica – que me planteaba y me sigo planteando versaba sobre el público.
¿A quién dirigían sus escritos los autores de memorias personales?
¿A quién le escribimos cuando nos escribimos a nosotros mismos?
Dejo para el artículo este tema pero planteo otra pregunta que siempre me ha seguido – atormentado más bien – a la hora de escribir en prensa.
¿A quién le escribía?
¿Al público?
¿Qué público?
¿Con mayúscula o con minúscula?
El problema aumenta en los articulistas de opinión que se dirigen directamente a la llamada Opinión Pública – pongamos las mayúsculas o no las pongamos.
¿Pretendía, oh pedante de mí, dirigirme a la llamada opinión pública que, como todo femenino en occidente es un neutro y no una mujer?
La realidad es que yo escribía para un oscuro y a veces pretencioso personaje llamado jefe de redacción o jefe de opinión (éste último aun más petulante, engreído y muchas veces ignorante) que se confundía a sí mismo directamente con la opinión pública.
Este fenómeno religioso particular de transubstanciación periodística requeriría una gran tesis doctoral.
Mi idea de una redacción se formaba entre los recuerdos de la oficina siniestra de la Codorniz – extensible a cualquier empresa – y las pesadillas personales que sufría cada vez que me encaminaba hacia ella en los prehistóricos tiempos de la máquina de escribir o utilizaba el fax, posteriormente el e-mail, cuando entraron las modernidades en mi vida. Como cada vez estaban más lejanos, la imaginación aumentaba sus rasgos monstruosos.
En mis sueños he imaginado siempre las redacciones como castillos con grandes ogros moviéndose en un ambiente al estilo del señor de los anillos o internados de niños reprimidos sin la magia de Harry Potter.
¿Y el público?
Sinceramente no lo sé. Yo siempre he escrito imaginando personas concretas a las que convencer de lo adecuado de mi artículo y, por lo tanto, evitando aquello que pudiera incomodarles.
La mayoría de los articulistas de opinión a los que he preguntado sobre este aspecto me han contestado que redactan pensando en un amigo, su mujer o un vecino pero jamás en la opinión pública a la que sienten no conocer.
¿Sucede sólo en los articulistas de opinión?
Cada eslabón de la cadena escribe para el siguiente aunque el objetivo final de la manipulación de la noticia sea un producto elaborado en letras impresas.
Nosotros hacemos tornillos y no motos aunque teoricemos con una enorme facilidad sobre ellas. La cuestión es plantearse sobre el montaje que pretenden los ingenieros del asunto y la cadena de ensamblaje que resulta.

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