Wednesday, January 12, 2005

Ridículo a las mil Miravitllas

El ridículo es una frontera de exclusión que las clases dirigentes han creado a lo largo de la historia para control externo e interno del grupo. Meter la pata – ficar la pota en cátala – no es tan habitual entre los grupos populares.
Se trata de una presión desde arriba – lo cutre, lo hortera, la frase mal dicha, ... – una manera de diferenciarse que sólo puede atacarse igualmente desde la caricatura de las actitudes de los de arriba – lo pijo, lo pedante, lo cursi ...
El juego es amplio y muy dinámico. El sistema de organización cortesano lo llevó a un extremo increíble en la época de la apariencia (ver Gracián o el duque de Saint Simon) pero también en los ambientes burgueses tuvo su expresión mercantil (ver las memorias de ...).
Pero se trataba en principio de deshonor (muy parecido a lo que sucede en las culturas de las elites orientales y de forma extremada en la civilización cortesana japonesa).
La película ‘Ridicule’ (1996) – con una actuación genial de Jean Rochefort – refleja este ambiente en que la carrera de un personaje cortesano podía truncarse absolutamente por haber caído en ridículo.
Pero, la guillotina no acaba con el ridículo sino que lo refuerza.
El ridículo se convierte en occidente, a partir de la revolución burguesa en algo interiorizado como parte de la personalidad a través de la educación: no fallar, no quedar en ridículo.
El análisis del chiste y del humor nos señala las múltiples fronteras sociales, grupales y étnicas donde la aduana es el ridículo y la risa sobre lo ajeno.
El resultado es mortal y continúa en la actualidad.
Pero, el temor al ridículo es también terrible y absolutamente anticientífico – es un freno a la innovación, a la experimentación , al desparpajo...
En la enseñanza oriental, una falta es terrible pero un error es considerad un paso normal en el camino educativo.
“Critico aquello que me interesa”, dice un proverbio Zen.
En estas culturas – y esto se transmite también a actitudes cotidianas – una persona a la que se le indica un error (no una falta que es diferente y en occidente están confundidos ambos términos) agradece la llamada de atención y convierte en maestro al que se lo ha señalado.
En la cultura occidental – y en la universidad más -, un ‘maestro’ que señala un error se convierte en un enemigo que ha puesto en ridículo al alumno, un ‘pedante’ que ha criticado el trabajo de un compañero, un insolidario incluso entre compañeros....
El libro de Ramon Miravitllas, ‘Preciosos ridículos’ nos ayuda a desdramatizar el ridículo y a contemplar el poder – político, cultural, mediático – en ridículo. Un buen ejercicio mental.
A veces parecido al cuento del rey desnudo, a veces con esa mala baba tan simpática del crítico avezado en años de redacciones siniestras.
¿Y cuántos nuevos enemigos que no lo considerarán precisamente un maestro por señalarles el error?


1 Comments:

At January 14, 2005 at 1:53 AM, Blogger Pawet said...

No podría estar más en desacuerdo con algunos puntos del comentario de Rafael Cervera.
¿El grupo dominante? Creo que hemos visto demasiadas películas adolescentes americanas.
Eso del grupo dominante termina cuando la gente madura, creo yo. Sí hay grupos que imponen el ridículo, por ejemplo, en cursos anteriores como puede ser la ESO. Pero cuando el individuo madura, cuando asume la base de sus futuros valores, empieza a percatarse de la diversidad y del respeto a la misma. Dentro de un mismo grupo hay diversidad de opiniones y no homogenización de las mismas, a pesar de lo que nos quiera hacer creer Hollywood con sus films de instituto en los que uno (normalmente el quarterback o la animadora) lleva la voz cantante y dice qué resulta ridículo. A ver si miramos un poco más a la gente que nos rodea y nos quitamos la venda del cine americano como paradigma del todo.
¿Quién impone el ridículo? En mi opinión, el ridículo lleva muchos siglos establecido. La publicidad y la moda pueden convertir algo ridículo en algo no ridículo, pero no veo claros ejemplo de lo contrario. Incluso, con la pésima opinión que tengo sobre estos dos campos, me atrevería a decir que son elementos “desridiculizadores”. Hace cinco años, llevar manga corta sobre manga larga, resultaba ridículo. Hoy día, es algo normal, sin que ellos signifique que llevar manga corta bajo manga larga resulte ahora ridículo.
El ridículo, personalmente, lo asocio con el público. Tropezar en público. Equivocarse en público. Y eso no lo impone la moda ni la publicidad. Cabría hacer un profundo estudio histórico para conocer el origen de la mayoría de los ridículos. Pero una definición perfecta, a mi modo de ver, es que el ridículo se establece en el momento en el que la sociedad se ríe de algo de lo que no debería reírse, no por resultar algo dramático, sino sencillamente debido a que en ese momento, la lucecita que señala cuándo reír no estaba encendida y les ha hecho gracia.
Para terminar, comentar que he ojeado (que no leído de pe a pa) el libro de Miravitllas. Más que desdramatizar el ridículo, en mi opinión, lo que intenta hacer es humanizar a las “clases altas”. Bonito a modo de recopilatorio, ya que todos hemos visto ya hacer el ridículo a la gente que “está en el candelabro”.

 

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